“Qué lejos estamos aquí de ver la arquitectura habitacional como la ven
los colegas productores de ‘antropotecas’, construcciones masificadas que
llevan el presuntuoso nombre de conjuntos habitacionales y que parecen
diseñados para almacenar a la gente, vista como simple fuerza de trabajo”.
-Enrique Ortiz
Problematizar
la producción social del hábitat desde las perspectivas ética, estética y
ambiental
La solidaridad como valor es algo que hemos perdido debido
al mal entendimiento del concepto de “desarrollo”, medido normalmente desde el
aspecto económico. Esto nos ha orillado a ignorar una evidente responsabilidad
con el resto del mundo y con nuestras generaciones futuras. En nuestro
entendimiento moderno de desarrollo, estamos creciendo con la idea de que estamos
en un planeta ilimitado, siguiendo el objetivo de crecimiento tecnológico y
monetario. Estamos en un punto en el que necesitamos reformar nuestros
paradigmas, dejar nuestro egoísmo e individualismo para descentralizar,
desburocratizar. Tragedy of the commons
(Hardin, 1968) precisamente nos hace reflexionar ante la situación en la que
estamos; no existen límites en la explotación de los recursos que por sentido
común, son de todos, y tristemente estamos conscientes que lo que estamos
haciendo y hacia donde nos va a llevar, sin embargo, lo seguimos haciendo,
estamos en una disonancia cognitiva tan arraigada que hasta parece normal,
ignorando y al mismo tiempo estando conscientes que esto nos llevará a la
autodestrucción. Es totalmente injusto que dado cierto nivel económico nos de la
posición de decidir si explotamos o no, si consumimos o no. Este egocentrismo
hace parecer que tantas décadas de instruir valores de solidaridad y respeto
han sido inútiles.
Actualmente estamos regidos por un universo estadístico,
todos los individuos del planeta tenemos un código con el cual podemos ser
contados, pero ¿cómo medimos el cariño, la vergüenza, la angustia, la
desolación?, de cierto modo son factores que rigen la vida de la mayoría de las
sociedades del mundo, independientemente del nivel socioeconómico. El esquema
actual no está diseñado para que la gente viva feliz, está diseñado para que la
gente produzca, gane dinero suficiente y se resigne a vivir así. Estamos viendo
sólo los beneficios inmediatos.
La vivienda es actualmente vista en la mayor parte del mundo
como mercancía, como un bien con el que se puede negociar y que depende en gran
medida del poder adquisitivo, siendo esto un problema social, debemos
reemplazar esa idea con la de convertir a la vivienda en un derecho humano y
verla como un proceso mediante el cual estamos satisfaciendo una necesidad
básica humana.
La arquitectura vernácula nos ha enseñado la importancia de
la autoproducción de la vivienda, convirtiendo esta fase en una crucial pieza
de la estructura social, por medio de la cual, una sociedad entera adopta un
sentido de arraigo y apropiación que son fundamentales si perseguimos el bien
común. La vivienda vernácula es un arte que se adapta al clima, es un proceso
para ajustar la vivienda al tipo de vida, a diferencia de las actuales
construcciones en donde el usuario debe ajustar su vida, esto favorece la
relación entre el edificio y los habitantes. Los pobres, hablando
económicamente, son vistos por el monstruo que es el capitalismo como
potenciales consumidores y obreros baratos, las grandes instituciones los
necesitan. Para ello es estratégico sacar a los pobres de la autosubsistencia y
la autoproducción, y convertirlos en asalariados mal pagados o en productores
‘informales’ funcionales al sistema de libre mercado transnacionalizado (Ortiz,
1996). Y para poder contrarrestar este fenómeno uno de las primeras acciones
que debemos propiciar es la autoproducción, que eventualmente llevará a la
autoconstrucción del hábitat, teniendo clara la concepción de estos elementos
como intérpretes de una necesidad básica, se hace sin fines de lucro ya sea por
un bien individual, familiar o un bien para toda la sociedad.
En nuestro mundo capitalista le damos a la vivienda ‘barata’
un sesgo despectivo, donde incluso las personas que menos tienen, deben
“conformarse” con una vivienda de estas características, cuando una vivienda
hecha con poco capital es una demostración de sustentabilidad, construcción con
tecnologías pasivas, materiales de la región y sistemas vernáculos adoptados
por generaciones anteriores y que aseguran la capacidad adaptativa del
edificio. La vivienda en serie es despersonalizada, propicia la pérdida de
identidad social y genera conflictos ambientales, siempre basada (o copiada) en
suburbios extranjeros, tratando de imitar el estilo de vida de una sociedad con
diferente historia, diferentes ideologías y hasta diferente clima. No podemos
encontrar una construcción vernácula similar en la región maya y en la región
andina. Son sistemas diferentes por que responden a situaciones diferentes, sin
embargo, en nuestros días podemos ver construcciones idénticas en dos puntos de
la Tierra totalmente distanciados. Evidentemente esto lleva a un sobreconsumo
energético, un intento de adoptar un estilo de vida y demás problemas
socio-ambientales que ya tenemos muy presentes.
Sustentabilidad es sinónimo de respeto, al hablar de respeto
se honra a las personas, se actúa como un protector, como un padre (Mclennan,
2004). Respeto a la diversidad. No sólo debemos predicar la construcción de
edificios ahorradores de energía y de bajo impacto ambiental, un tema
importante y que es fundamental si hablamos de respeto por la humanidad es la
construcción saludable para cualquier tipo de personas, discapacitados, niños,
adultos, etc. El reto, bajo este principio es diseñar edificios verdes más
saludables, confortables y placenteros; haciéndolos mejor con menos (Camus,
2010). El tema social también es parte de la sostenibilidad, haciendo vivienda
y ciudades de calidad, dignos de las personas que las habitarán y las cuales
deben ser incluidas en el desarrollo del proyecto, desde sus fases iniciales de
diseño hasta el final de la construcción para promover la práctica transparente
y equitativa y crear un sentido de arraigo y propiedad. También englobado en el
respeto está la estética, que no necesariamente significa la belleza subjetiva
a la que estamos acostumbrados en el mundo globalizado. La estética está
relacionada con lo popular, esta exquisita mezcla de culturas y que no tiene
estudios académicos, es mera sensibilidad de los pobladores. Son tradiciones
que son estéticas no por el concepto convencional de estética si no por la
profunda historia y tradición que existe detrás. Todo tiene una lógica que responde
a una sensibilidad formada por ritos, tradiciones y prácticas ancestrales que
se han transformado y acoplado a la vida cotidiana de las poblaciones actuales.
Es la identidad y la personalización, capaz de darle vida con ornatos y
símbolos legendarios.
Tanto la ética, la estética y el ambiente son fundamentales
cuando hablamos de producción de hábitat. El respeto por estos temas da lugar a
una vivienda digna y además sostenible. Aunque es difícil su combinación,
ciertamente es lo óptimo para comenzar a promover y predicar una vivienda digna
para todos.
Leo Alvarado