noviembre 02, 2013

Hábitat y desarrollo




El desarrollo ocupa la posición central de una constelación 

semántica increíblemente poderosa. Nada hay en la mentalidad 

moderna que pueda comparársele como fuerza conductora 

del pensamiento y del comportamiento. Al mismo tiempo, 

muy pocas palabras son tan tenues, frágiles e incapaces de dar sustancia 

y significado al pensamiento y la acción como ésta.” 

-Gustavo Esteva

        
             Actualmente el aspecto económico rige la vida de muchas personas alrededor del planeta, incluso dentro del ámbito político el desarrollo es concebido como un crecimiento ilimitado.  Estamos en una época de caos e incertidumbre, hemos perdido el valor de la solidaridad, ignorando nuestra latente responsabilidad con el resto del mundo y nuestras generaciones del futuro. Estamos gobernados por un universo estadístico, todos los individuos del planeta tenemos un código con el cual podemos ser contados, pero ¿cómo medimos el cariño, la vergüenza, la angustia, la desolación?, de cierto modo son factores que imperan en la vida de la mayoría de las sociedades del mundo, independientemente del nivel socioeconómico que éstas tengan. El esquema actual socio-político no está diseñado para que la gente viva feliz, está diseñado para que la gente produzca, gane dinero suficiente y se resigne a vivir así. Estamos viendo sólo los beneficios inmediatos, queremos ser eficaces en la explotación, la cultura globalizada nos empuja a ser unos vigorosos productores día a día.
             
              El desarrollo es un adjetivo de comparación que entiende que todos el mundo gira en la misma dirección (Gustavo Esteva, 2013). El desarrollo económico y el estilo de vida son ideas traídas de Europa pensadas para expulsar a los pueblos y tener un buen pretexto para la explotación de la sociedad más “débil” y de todos los recursos que ésta resguardaba. El actual sistema educativo y de mercado nos transporta hacia la homogeneización de las culturas, despojándonos de toda identidad grupal e individual. Hay que diferenciar el vivir bien del vivir mejor (Ortiz, 2012), la buena vida va más allá del desarrollo.



              También la ética ha tomado otro sentido y la finalidad de la sociedad es la progresión económica, midiendo el éxito en la cantidad de dinero que se tiene y no en los fundamentos básicos como el bienestar humano, dando como resultado una situación de desigualdad social. No es nuevo el hecho de tener ricos y pobres, pero la distancia entre unos y otros no se había visto tan grande desde que las ciudades comenzaron a concebirse como tales. La distribución equitativa de los recursos ha sido ignorada totalmente en los gobiernos de cualquier nivel, por lo que la explotación de los ecosistemas naturales ha ido en incremento, alimentando la hegemonía de pocos. Según algunos investigadores y practicantes de la permacultura, para considerar un proyecto como sustentable debemos pensar en nuestras siguientes 7 generaciones, considerando principios éticos y estrategias para la autosuficiencia para ir más allá de la sustentabilidad, siendo regenerativos. Necesitamos detener la externalización de los costos, es decir, no podemos seguir pensando que una posibilidad económica nos da derecho a tener un impacto en el ambiente que alguien más pagará en otro tiempo y en otro lugar. Es hora de dejar atrás acciones de impacto menor y pensar en acciones transformadores, en procesos lentos y concisos que den lugar a la resiliencia y la estabilidad social y natural.

Ciudades actuales

              Nuestra estructura económica da como resultado ciudades discriminantes y excluyentes que segregan a los sectores con menores posibilidades económicas, enmarcando la diferencia de clases sociales y haciéndola más notoria. Creamos “ciudades-dormitorio”, fomentando elementos de inseguridad, planteando largas calles desoladas carentes de usos mixtos. Basamos el diseño urbano en una infraestructura motorizada que beneficia a menos del 30% de la población y que contribuye al deterioro ambiental, invitando a la sociedad a utilizar sus vehículos particulares ignorando por completo los medios de transporte masivos, que reducen la huella ecológica y generan vida social.


              La ciudad está harta de estos edificios desprovistos  de vida e identidad, derivados de una lucha entre la oferta y la demanda, otorgando beneficios amplios a quienes tienen poder económico, más que a quien lo merece o lo necesita. La vivienda es vista como un producto, como mercancía con la que se puede negociar, con estándares deplorables que carecen de un diseño vivible, construidos en las periferias, donde la clase baja no pueda interrumpir la vida sustancial de los poderíos económicos, obligándolos a trasladarse por horas a los centros laborales, malgastando en muchos casos alrededor del 25% de su salario en movilidad.

              La producción social de la vivienda es fundamental para poder revertir la idea de la producción de vivienda como un producto que responde al beneficio de pocos y no de sus habitantes. Volver a la arquitectura vernácula y a su capacidad de autoproducción, adaptación y asimilación como proceso integral comunitario es la clave para tornar nuestra sociedad en un gestor de la equidad, la visión del beneficio colectivo, el retroceso de la competitividad depredadora y el regreso a las ideas de comunidad ancestrales ricas de tradición, identidad, adaptativa y autosuficiente. Nos hemos olvidado de que la vivienda es un derecho humano, una necesidad básica con la que se lucra cínicamente. Esta producción en serie de “viviendas de interés social” también ha contribuido al deterioro de tradiciones y secretos ancestrales, porque como un producto efectivo candidato a mercadotecnia masiva, logra crear una necesidad en la gente, los incita a desear un estilo de vida totalmente diferente que choca con sus costumbres más arraigadas y que provoca una angustia que termina en la mayoría de los casos en el desalojo del lugar. Hemos dejado de lado la vivienda barata, muchas veces por ser discriminada dentro de la misma sociedad, le damos un sesgo despectivo. Una vivienda más ostentosa puede darnos un poco más de estatus aunque no necesariamente responde a nuestras necesidades.

              
           La vivienda vernácula, sustentable por naturaleza, tiene un elemento básico en el desarrollo de lo sustentable: el respeto.     Al hablar de respeto se honra a las personas, se actúa como un protector, como un padre (Mclennan, 2004). El entendimiento del respeto significa respetar la diversidad, a la humanidad, a los ecosistemas, a la salud. Construir edificios con ecotecnias, sistemas de captación de agua, generación de energía eléctrica, etcétera, no necesariamente significa que damos un respeto al usuario. Nuestro enfoque corresponde al respeto de la salud, a construir edificios con espacios dignos que promuevan una vida saludable y que sean estéticos, no en el sentido globalizado de estética, pero si entendiendo que esto engloba esta exquisita mezcla de culturas, ideas y tradiciones que no son aprendidas en la academia, si no que se pasan en las sociedades de generación en generación, con una profunda historia que responde a una sensibilidad formada por ritos y prácticas ancestrales que le dan vida a la cultura.

              Más de 50 años de un entendimiento del desarrollo orientado al crecimiento hacia el infinito en un planeta finito es uno  de los principales desafíos que enfrenta la producción social del hábitat, y que debemos de erradicar con procesos lentos, pequeños y transformadores. Entenderlo como un proceso que puede durar años y que es paralelo al crecimiento familiar, que se va moldeando a las necesidades que se van generando con el tiempo.

              La producción social es sin duda una de las mejores armas que tenemos para ir en contra de la vivienda en serie y sin identidad. Es también un elemento muy importante para que regresemos a una sociedad integradora y a una equidad social de respeto a todos los niveles y las formas de vida. Dejar atrás los viejos paradigmas con los que fueron concebidas las ciudades imponentes y majestuosas que respondían a nuestro mal entendimiento del –ya en decadencia- concepto de desarrollo.

              Este pasaje hacía la conservación de las costumbres atávicas de los pueblos nativos es un reto que enfrentamos como sociedad capitalista. Promoviendo la supervivencia de estas tradiciones podemos al mismo tiempo fomentar la lucha contra a producción masiva de vivienda, re-enseñando los conceptos básicos de una sociedad constituida por interrelaciones saludables cuyo camino siempre será la sustentabilidad integral. Aunque el enfoque es ambicioso, tenemos de nuestro lado el factor crisis, que ha atacado al país y al mundo económico. Las opciones para desarrollar una vivienda digna se han cerrado a la autoconstrucción, a la producción colaborativa, al reparto equitativo de bienes y a la ciudad incluyente.

Leo A.

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