“El desarrollo
ocupa la posición central de una constelación
semántica increíblemente
poderosa. Nada hay en la mentalidad
moderna que pueda comparársele como fuerza
conductora
del pensamiento y del comportamiento. Al mismo tiempo,
muy pocas
palabras son tan tenues, frágiles e incapaces de dar sustancia
y significado al
pensamiento y la acción como ésta.”
-Gustavo Esteva
“El desarrollo ocupa la posición central de una constelación
semántica increíblemente poderosa. Nada hay en la mentalidad
moderna que pueda comparársele como fuerza conductora
del pensamiento y del comportamiento. Al mismo tiempo,
muy pocas palabras son tan tenues, frágiles e incapaces de dar sustancia
y significado al pensamiento y la acción como ésta.”
-Gustavo Esteva
El
desarrollo es un adjetivo de comparación que entiende que todos el mundo gira
en la misma dirección (Gustavo Esteva, 2013). El desarrollo económico y el
estilo de vida son ideas traídas de Europa pensadas para expulsar a los pueblos
y tener un buen pretexto para la explotación de la sociedad más “débil” y de
todos los recursos que ésta resguardaba. El actual sistema educativo y de
mercado nos transporta hacia la homogeneización de las culturas, despojándonos
de toda identidad grupal e individual. Hay que diferenciar el vivir bien del
vivir mejor (Ortiz, 2012), la buena vida va más allá del desarrollo.
También
la ética ha tomado otro sentido y la finalidad de la sociedad es la progresión
económica, midiendo el éxito en la cantidad de dinero que se tiene y no en los
fundamentos básicos como el bienestar humano, dando como resultado una
situación de desigualdad social. No es nuevo el hecho de tener ricos y pobres,
pero la distancia entre unos y otros no se había visto tan grande desde que las
ciudades comenzaron a concebirse como tales. La distribución equitativa de los
recursos ha sido ignorada totalmente en los gobiernos de cualquier nivel, por
lo que la explotación de los ecosistemas naturales ha ido en incremento,
alimentando la hegemonía de pocos. Según algunos investigadores y practicantes
de la permacultura, para considerar un proyecto como sustentable debemos pensar
en nuestras siguientes 7 generaciones, considerando principios éticos y estrategias
para la autosuficiencia para ir más allá de la sustentabilidad, siendo
regenerativos. Necesitamos detener la externalización de los costos, es decir,
no podemos seguir pensando que una posibilidad económica nos da derecho a tener
un impacto en el ambiente que alguien más pagará en otro tiempo y en otro
lugar. Es hora de dejar atrás acciones de impacto menor y pensar en acciones
transformadores, en procesos lentos y concisos que den lugar a la resiliencia y
la estabilidad social y natural.
Ciudades actuales
Nuestra
estructura económica da como resultado ciudades discriminantes y excluyentes
que segregan a los sectores con menores posibilidades económicas, enmarcando la
diferencia de clases sociales y haciéndola más notoria. Creamos “ciudades-dormitorio”,
fomentando elementos de inseguridad, planteando largas calles desoladas
carentes de usos mixtos. Basamos el diseño urbano en una infraestructura
motorizada que beneficia a menos del 30% de la población y que contribuye al
deterioro ambiental, invitando a la sociedad a utilizar sus vehículos
particulares ignorando por completo los medios de transporte masivos, que
reducen la huella ecológica y generan vida social.
La
ciudad está harta de estos edificios desprovistos de vida e identidad, derivados de una lucha
entre la oferta y la demanda, otorgando beneficios amplios a quienes tienen
poder económico, más que a quien lo merece o lo necesita. La vivienda es vista
como un producto, como mercancía con la que se puede negociar, con estándares
deplorables que carecen de un diseño vivible, construidos en las periferias,
donde la clase baja no pueda interrumpir la vida sustancial de los poderíos
económicos, obligándolos a trasladarse por horas a los centros laborales, malgastando
en muchos casos alrededor del 25% de su salario en movilidad.
La
producción social de la vivienda es fundamental para poder revertir la idea de
la producción de vivienda como un producto que responde al beneficio de pocos y
no de sus habitantes. Volver a la arquitectura vernácula y a su capacidad de
autoproducción, adaptación y asimilación como proceso integral comunitario es
la clave para tornar nuestra sociedad en un gestor de la equidad, la visión del
beneficio colectivo, el retroceso de la competitividad depredadora y el regreso
a las ideas de comunidad ancestrales ricas de tradición, identidad, adaptativa
y autosuficiente. Nos hemos olvidado de que la vivienda es un derecho humano,
una necesidad básica con la que se lucra cínicamente. Esta producción en serie
de “viviendas de interés social” también ha contribuido al deterioro de
tradiciones y secretos ancestrales, porque como un producto efectivo candidato
a mercadotecnia masiva, logra crear una necesidad en la gente, los incita a
desear un estilo de vida totalmente diferente que choca con sus costumbres más
arraigadas y que provoca una angustia que termina en la mayoría de los casos en
el desalojo del lugar. Hemos dejado de lado la vivienda barata, muchas veces
por ser discriminada dentro de la misma sociedad, le damos un sesgo despectivo.
Una vivienda más ostentosa puede darnos un poco más de estatus aunque no
necesariamente responde a nuestras necesidades.
La vivienda vernácula, sustentable por naturaleza, tiene un elemento básico en el desarrollo de lo sustentable: el respeto. Al hablar de respeto se honra a las personas, se actúa como un protector, como un padre (Mclennan, 2004). El entendimiento del respeto significa respetar la diversidad, a la humanidad, a los ecosistemas, a la salud. Construir edificios con ecotecnias, sistemas de captación de agua, generación de energía eléctrica, etcétera, no necesariamente significa que damos un respeto al usuario. Nuestro enfoque corresponde al respeto de la salud, a construir edificios con espacios dignos que promuevan una vida saludable y que sean estéticos, no en el sentido globalizado de estética, pero si entendiendo que esto engloba esta exquisita mezcla de culturas, ideas y tradiciones que no son aprendidas en la academia, si no que se pasan en las sociedades de generación en generación, con una profunda historia que responde a una sensibilidad formada por ritos y prácticas ancestrales que le dan vida a la cultura.
Más
de 50 años de un entendimiento del desarrollo orientado al crecimiento hacia el
infinito en un planeta finito es uno de
los principales desafíos que enfrenta la producción social del hábitat, y que
debemos de erradicar con procesos lentos, pequeños y transformadores.
Entenderlo como un proceso que puede durar años y que es paralelo al crecimiento
familiar, que se va moldeando a las necesidades que se van generando con el
tiempo.
La
producción social es sin duda una de las mejores armas que tenemos para ir en
contra de la vivienda en serie y sin identidad. Es también un elemento muy
importante para que regresemos a una sociedad integradora y a una equidad
social de respeto a todos los niveles y las formas de vida. Dejar atrás los
viejos paradigmas con los que fueron concebidas las ciudades imponentes y
majestuosas que respondían a nuestro mal entendimiento del –ya en decadencia-
concepto de desarrollo.
Este
pasaje hacía la conservación de las costumbres atávicas de los pueblos nativos
es un reto que enfrentamos como sociedad capitalista. Promoviendo la
supervivencia de estas tradiciones podemos al mismo tiempo fomentar la lucha
contra a producción masiva de vivienda, re-enseñando los conceptos básicos de
una sociedad constituida por interrelaciones saludables cuyo camino siempre
será la sustentabilidad integral. Aunque el enfoque es ambicioso, tenemos de
nuestro lado el factor crisis, que ha atacado al país y al mundo económico. Las
opciones para desarrollar una vivienda digna se han cerrado a la
autoconstrucción, a la producción colaborativa, al reparto equitativo de bienes
y a la ciudad incluyente.



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