Blogstentable invita a sus lectores a saber más sobre la sustentabilidad. Y la sustentabilidad no es solo ecología, la sustentabilidad también es economía. Por eso les dejo esto bonito post de Mariana. No les platico mucho para no echar a perder el texto, sólo léanlo y espero los haga reflexionar como a mi.
Aquí está el post de Mariana: "niños con cultura de ahorro"
febrero 25, 2014
noviembre 02, 2013
Hábitat y desarrollo
“El desarrollo
ocupa la posición central de una constelación
semántica increíblemente
poderosa. Nada hay en la mentalidad
moderna que pueda comparársele como fuerza
conductora
del pensamiento y del comportamiento. Al mismo tiempo,
muy pocas
palabras son tan tenues, frágiles e incapaces de dar sustancia
y significado al
pensamiento y la acción como ésta.”
-Gustavo Esteva
“El desarrollo ocupa la posición central de una constelación
semántica increíblemente poderosa. Nada hay en la mentalidad
moderna que pueda comparársele como fuerza conductora
del pensamiento y del comportamiento. Al mismo tiempo,
muy pocas palabras son tan tenues, frágiles e incapaces de dar sustancia
y significado al pensamiento y la acción como ésta.”
-Gustavo Esteva
El
desarrollo es un adjetivo de comparación que entiende que todos el mundo gira
en la misma dirección (Gustavo Esteva, 2013). El desarrollo económico y el
estilo de vida son ideas traídas de Europa pensadas para expulsar a los pueblos
y tener un buen pretexto para la explotación de la sociedad más “débil” y de
todos los recursos que ésta resguardaba. El actual sistema educativo y de
mercado nos transporta hacia la homogeneización de las culturas, despojándonos
de toda identidad grupal e individual. Hay que diferenciar el vivir bien del
vivir mejor (Ortiz, 2012), la buena vida va más allá del desarrollo.
También
la ética ha tomado otro sentido y la finalidad de la sociedad es la progresión
económica, midiendo el éxito en la cantidad de dinero que se tiene y no en los
fundamentos básicos como el bienestar humano, dando como resultado una
situación de desigualdad social. No es nuevo el hecho de tener ricos y pobres,
pero la distancia entre unos y otros no se había visto tan grande desde que las
ciudades comenzaron a concebirse como tales. La distribución equitativa de los
recursos ha sido ignorada totalmente en los gobiernos de cualquier nivel, por
lo que la explotación de los ecosistemas naturales ha ido en incremento,
alimentando la hegemonía de pocos. Según algunos investigadores y practicantes
de la permacultura, para considerar un proyecto como sustentable debemos pensar
en nuestras siguientes 7 generaciones, considerando principios éticos y estrategias
para la autosuficiencia para ir más allá de la sustentabilidad, siendo
regenerativos. Necesitamos detener la externalización de los costos, es decir,
no podemos seguir pensando que una posibilidad económica nos da derecho a tener
un impacto en el ambiente que alguien más pagará en otro tiempo y en otro
lugar. Es hora de dejar atrás acciones de impacto menor y pensar en acciones
transformadores, en procesos lentos y concisos que den lugar a la resiliencia y
la estabilidad social y natural.
Ciudades actuales
Nuestra
estructura económica da como resultado ciudades discriminantes y excluyentes
que segregan a los sectores con menores posibilidades económicas, enmarcando la
diferencia de clases sociales y haciéndola más notoria. Creamos “ciudades-dormitorio”,
fomentando elementos de inseguridad, planteando largas calles desoladas
carentes de usos mixtos. Basamos el diseño urbano en una infraestructura
motorizada que beneficia a menos del 30% de la población y que contribuye al
deterioro ambiental, invitando a la sociedad a utilizar sus vehículos
particulares ignorando por completo los medios de transporte masivos, que
reducen la huella ecológica y generan vida social.
La
ciudad está harta de estos edificios desprovistos de vida e identidad, derivados de una lucha
entre la oferta y la demanda, otorgando beneficios amplios a quienes tienen
poder económico, más que a quien lo merece o lo necesita. La vivienda es vista
como un producto, como mercancía con la que se puede negociar, con estándares
deplorables que carecen de un diseño vivible, construidos en las periferias,
donde la clase baja no pueda interrumpir la vida sustancial de los poderíos
económicos, obligándolos a trasladarse por horas a los centros laborales, malgastando
en muchos casos alrededor del 25% de su salario en movilidad.
La
producción social de la vivienda es fundamental para poder revertir la idea de
la producción de vivienda como un producto que responde al beneficio de pocos y
no de sus habitantes. Volver a la arquitectura vernácula y a su capacidad de
autoproducción, adaptación y asimilación como proceso integral comunitario es
la clave para tornar nuestra sociedad en un gestor de la equidad, la visión del
beneficio colectivo, el retroceso de la competitividad depredadora y el regreso
a las ideas de comunidad ancestrales ricas de tradición, identidad, adaptativa
y autosuficiente. Nos hemos olvidado de que la vivienda es un derecho humano,
una necesidad básica con la que se lucra cínicamente. Esta producción en serie
de “viviendas de interés social” también ha contribuido al deterioro de
tradiciones y secretos ancestrales, porque como un producto efectivo candidato
a mercadotecnia masiva, logra crear una necesidad en la gente, los incita a
desear un estilo de vida totalmente diferente que choca con sus costumbres más
arraigadas y que provoca una angustia que termina en la mayoría de los casos en
el desalojo del lugar. Hemos dejado de lado la vivienda barata, muchas veces
por ser discriminada dentro de la misma sociedad, le damos un sesgo despectivo.
Una vivienda más ostentosa puede darnos un poco más de estatus aunque no
necesariamente responde a nuestras necesidades.
La vivienda vernácula, sustentable por naturaleza, tiene un elemento básico en el desarrollo de lo sustentable: el respeto. Al hablar de respeto se honra a las personas, se actúa como un protector, como un padre (Mclennan, 2004). El entendimiento del respeto significa respetar la diversidad, a la humanidad, a los ecosistemas, a la salud. Construir edificios con ecotecnias, sistemas de captación de agua, generación de energía eléctrica, etcétera, no necesariamente significa que damos un respeto al usuario. Nuestro enfoque corresponde al respeto de la salud, a construir edificios con espacios dignos que promuevan una vida saludable y que sean estéticos, no en el sentido globalizado de estética, pero si entendiendo que esto engloba esta exquisita mezcla de culturas, ideas y tradiciones que no son aprendidas en la academia, si no que se pasan en las sociedades de generación en generación, con una profunda historia que responde a una sensibilidad formada por ritos y prácticas ancestrales que le dan vida a la cultura.
Más
de 50 años de un entendimiento del desarrollo orientado al crecimiento hacia el
infinito en un planeta finito es uno de
los principales desafíos que enfrenta la producción social del hábitat, y que
debemos de erradicar con procesos lentos, pequeños y transformadores.
Entenderlo como un proceso que puede durar años y que es paralelo al crecimiento
familiar, que se va moldeando a las necesidades que se van generando con el
tiempo.
La
producción social es sin duda una de las mejores armas que tenemos para ir en
contra de la vivienda en serie y sin identidad. Es también un elemento muy
importante para que regresemos a una sociedad integradora y a una equidad
social de respeto a todos los niveles y las formas de vida. Dejar atrás los
viejos paradigmas con los que fueron concebidas las ciudades imponentes y
majestuosas que respondían a nuestro mal entendimiento del –ya en decadencia-
concepto de desarrollo.
Este
pasaje hacía la conservación de las costumbres atávicas de los pueblos nativos
es un reto que enfrentamos como sociedad capitalista. Promoviendo la
supervivencia de estas tradiciones podemos al mismo tiempo fomentar la lucha
contra a producción masiva de vivienda, re-enseñando los conceptos básicos de
una sociedad constituida por interrelaciones saludables cuyo camino siempre
será la sustentabilidad integral. Aunque el enfoque es ambicioso, tenemos de
nuestro lado el factor crisis, que ha atacado al país y al mundo económico. Las
opciones para desarrollar una vivienda digna se han cerrado a la
autoconstrucción, a la producción colaborativa, al reparto equitativo de bienes
y a la ciudad incluyente.
noviembre 01, 2013
de países jodidos
Hace algunos años le platicaba a un buen amigo que había ido a pasear por Guatemala y Belice. Hizo un gesto de desaprobación muy típico de él. Traté de ignorarlo pero no pude evitar preguntarle en tono retador: "¿QUÉ TIENE?".
Me explicó que en su educación familiar le enseñaron que no tenía mucho caso visitar "países más jodidos que el nuestro".
Me explicó que en su educación familiar le enseñaron que no tenía mucho caso visitar "países más jodidos que el nuestro".
octubre 20, 2013
Producción Social del Hábitat
“Qué lejos estamos aquí de ver la arquitectura habitacional como la ven
los colegas productores de ‘antropotecas’, construcciones masificadas que
llevan el presuntuoso nombre de conjuntos habitacionales y que parecen
diseñados para almacenar a la gente, vista como simple fuerza de trabajo”.
-Enrique Ortiz
Problematizar
la producción social del hábitat desde las perspectivas ética, estética y
ambiental
La solidaridad como valor es algo que hemos perdido debido
al mal entendimiento del concepto de “desarrollo”, medido normalmente desde el
aspecto económico. Esto nos ha orillado a ignorar una evidente responsabilidad
con el resto del mundo y con nuestras generaciones futuras. En nuestro
entendimiento moderno de desarrollo, estamos creciendo con la idea de que estamos
en un planeta ilimitado, siguiendo el objetivo de crecimiento tecnológico y
monetario. Estamos en un punto en el que necesitamos reformar nuestros
paradigmas, dejar nuestro egoísmo e individualismo para descentralizar,
desburocratizar. Tragedy of the commons
(Hardin, 1968) precisamente nos hace reflexionar ante la situación en la que
estamos; no existen límites en la explotación de los recursos que por sentido
común, son de todos, y tristemente estamos conscientes que lo que estamos
haciendo y hacia donde nos va a llevar, sin embargo, lo seguimos haciendo,
estamos en una disonancia cognitiva tan arraigada que hasta parece normal,
ignorando y al mismo tiempo estando conscientes que esto nos llevará a la
autodestrucción. Es totalmente injusto que dado cierto nivel económico nos de la
posición de decidir si explotamos o no, si consumimos o no. Este egocentrismo
hace parecer que tantas décadas de instruir valores de solidaridad y respeto
han sido inútiles.
Actualmente estamos regidos por un universo estadístico,
todos los individuos del planeta tenemos un código con el cual podemos ser
contados, pero ¿cómo medimos el cariño, la vergüenza, la angustia, la
desolación?, de cierto modo son factores que rigen la vida de la mayoría de las
sociedades del mundo, independientemente del nivel socioeconómico. El esquema
actual no está diseñado para que la gente viva feliz, está diseñado para que la
gente produzca, gane dinero suficiente y se resigne a vivir así. Estamos viendo
sólo los beneficios inmediatos.
La vivienda es actualmente vista en la mayor parte del mundo
como mercancía, como un bien con el que se puede negociar y que depende en gran
medida del poder adquisitivo, siendo esto un problema social, debemos
reemplazar esa idea con la de convertir a la vivienda en un derecho humano y
verla como un proceso mediante el cual estamos satisfaciendo una necesidad
básica humana.
La arquitectura vernácula nos ha enseñado la importancia de
la autoproducción de la vivienda, convirtiendo esta fase en una crucial pieza
de la estructura social, por medio de la cual, una sociedad entera adopta un
sentido de arraigo y apropiación que son fundamentales si perseguimos el bien
común. La vivienda vernácula es un arte que se adapta al clima, es un proceso
para ajustar la vivienda al tipo de vida, a diferencia de las actuales
construcciones en donde el usuario debe ajustar su vida, esto favorece la
relación entre el edificio y los habitantes. Los pobres, hablando
económicamente, son vistos por el monstruo que es el capitalismo como
potenciales consumidores y obreros baratos, las grandes instituciones los
necesitan. Para ello es estratégico sacar a los pobres de la autosubsistencia y
la autoproducción, y convertirlos en asalariados mal pagados o en productores
‘informales’ funcionales al sistema de libre mercado transnacionalizado (Ortiz,
1996). Y para poder contrarrestar este fenómeno uno de las primeras acciones
que debemos propiciar es la autoproducción, que eventualmente llevará a la
autoconstrucción del hábitat, teniendo clara la concepción de estos elementos
como intérpretes de una necesidad básica, se hace sin fines de lucro ya sea por
un bien individual, familiar o un bien para toda la sociedad.
En nuestro mundo capitalista le damos a la vivienda ‘barata’
un sesgo despectivo, donde incluso las personas que menos tienen, deben
“conformarse” con una vivienda de estas características, cuando una vivienda
hecha con poco capital es una demostración de sustentabilidad, construcción con
tecnologías pasivas, materiales de la región y sistemas vernáculos adoptados
por generaciones anteriores y que aseguran la capacidad adaptativa del
edificio. La vivienda en serie es despersonalizada, propicia la pérdida de
identidad social y genera conflictos ambientales, siempre basada (o copiada) en
suburbios extranjeros, tratando de imitar el estilo de vida de una sociedad con
diferente historia, diferentes ideologías y hasta diferente clima. No podemos
encontrar una construcción vernácula similar en la región maya y en la región
andina. Son sistemas diferentes por que responden a situaciones diferentes, sin
embargo, en nuestros días podemos ver construcciones idénticas en dos puntos de
la Tierra totalmente distanciados. Evidentemente esto lleva a un sobreconsumo
energético, un intento de adoptar un estilo de vida y demás problemas
socio-ambientales que ya tenemos muy presentes.
Sustentabilidad es sinónimo de respeto, al hablar de respeto
se honra a las personas, se actúa como un protector, como un padre (Mclennan,
2004). Respeto a la diversidad. No sólo debemos predicar la construcción de
edificios ahorradores de energía y de bajo impacto ambiental, un tema
importante y que es fundamental si hablamos de respeto por la humanidad es la
construcción saludable para cualquier tipo de personas, discapacitados, niños,
adultos, etc. El reto, bajo este principio es diseñar edificios verdes más
saludables, confortables y placenteros; haciéndolos mejor con menos (Camus,
2010). El tema social también es parte de la sostenibilidad, haciendo vivienda
y ciudades de calidad, dignos de las personas que las habitarán y las cuales
deben ser incluidas en el desarrollo del proyecto, desde sus fases iniciales de
diseño hasta el final de la construcción para promover la práctica transparente
y equitativa y crear un sentido de arraigo y propiedad. También englobado en el
respeto está la estética, que no necesariamente significa la belleza subjetiva
a la que estamos acostumbrados en el mundo globalizado. La estética está
relacionada con lo popular, esta exquisita mezcla de culturas y que no tiene
estudios académicos, es mera sensibilidad de los pobladores. Son tradiciones
que son estéticas no por el concepto convencional de estética si no por la
profunda historia y tradición que existe detrás. Todo tiene una lógica que responde
a una sensibilidad formada por ritos, tradiciones y prácticas ancestrales que
se han transformado y acoplado a la vida cotidiana de las poblaciones actuales.
Es la identidad y la personalización, capaz de darle vida con ornatos y
símbolos legendarios.
Tanto la ética, la estética y el ambiente son fundamentales
cuando hablamos de producción de hábitat. El respeto por estos temas da lugar a
una vivienda digna y además sostenible. Aunque es difícil su combinación,
ciertamente es lo óptimo para comenzar a promover y predicar una vivienda digna
para todos.
Leo Alvarado
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